Inmortales 1: Traición (VIII)

Cuando me quedé dormido soñé con aquella otra noche en el desierto, en la que Dumuzid se había presentado en mis sueños y me había pedido que buscase su alma. Reviví la matanza que llevé a cabo dos años después segundo a segundo. Y en cada momento me pareció ver a mi amado asintiendo ante  la ira que demostré al asesinar a su amo. Había mancillado su cuerpo con rabia y yo le hice lo mismo a él. En mi sueño comprendí que nunca debí haber desdeñado las leyes de Hammurabi, porque yo también me había dejado llevar por la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente.

El sueño se volvió confuso. Me vi a mí mismo desnudo, luciendo el colgante (que no me he quitado en más de tres mil años) y a mi lado otro cuerpo desnudo, descansando plácidamente. Un hombre. Pero no era un cuerpo que hubiese conocido antes, tampoco era el cuerpo de Dumuzid. Era un hombre joven, aproximadamente de la edad que tenía yo cuando me convertí. No podía ver su cara,sólo unos suaves rizos negros,  pero me sentía en paz. El sueño cambió y apareció ante mi Dumuzid en aquel patio en el que mezclamos nuestra sangre y unimos nuestras almas. El líquido vital manaba de nuestras manos, mezclándose. Nos mirábamos a los ojos y él parecía triste.

–    No lo hagas, Rimush. – Me dijo – No busques la muerte. Estoy cerca de ti, ten paciencia. Me encontrarás. Yo también te busco, Rimush…

Yo estaba sorprendido de oír mi nombre. Rimush… hacía tanto tiempo que nadie me llamaba así… Y de nuevo el sueño cambió. Ahora estaba  acurrucado frente a una hoguera y a mi lado estaba Hefestión de nuevo angustiado porque Alejandro le estaba dedicando demasiado tiempo a Bagoas y éste le hacía sentir como un intruso en el lugar que le correspondía por derecho propio: al lado de Alejandro. Se envolvió con su manto y me quitó de la mano el colgante con el que yo estaba jugueteando. Si lo hubiese hecho otro, me habría enfurecido. Era lo único que conservaba de Dumuzid. Pero Hefestión era diferente. Él no se burlaba de mis sentimientos. Miró detenidamente el colgante y sonrió con tristeza.

–    ¿Es cierto lo que dice Bagoas de ti? – Me dijo.

–    ¿Qué dice? – Pregunté con desconfianza. No me gustaba el eunuco.

–    Que eres inmortal.

Un escalofrío recorrió mi columna. Bagoas, por supuesto, conocía mi secreto. Él había crecido en Susa y yo nunca había esperado mantener oculto qué era ante los persas.

–    Tanto como tú. – Le dije sonriendo. No deseaba hacerlo cómplice de mi desgracia.

Él me devolvió la sonrisa y me devolvió el colgante. Lo regresé a mi cuello y lo miré.

–    Lo encontrarás. – Me dijo convencido – Llegaremos al fin del mundo y lo encontrarás.

Asentí. Yo también quería creer eso. Alcé la mirada y allí estaba Dumuzid. Un simple parpadeo, una fracción de segundo, pero suficiente para que yo decidiese continuar adelante.

El sueño cambió de nuevo. Yo estaba en un bazar egipcio, un hombre de tez dorada y cabello negro se me acercó.

–    Inmortal. – Me dijo – Siempre lo supe.

Me volví sobresaltado. Frente a mí se hallaba Bagoas, con su belleza intacta, a pesar de los años. Algunas hebras plateadas surcaban su hermosa melena.

–    Bagoas… – Murmuré.

–    Aún me odias. – Me reprochó – Porque se lo arrebaté a Hefestión.

–    Nunca te he odiado, Bagoas. Pero tampoco me gustaba tu relación con Alejandro.

–    Tu amistad con Hefestión te cegaba.

–    Y tu juventud te cegaba a ti si creías que alguna vez lograrías arrebatárselo.

–    Sin embargo era mío.

–    Su cuerpo. Su alma jamás te perteneció.

Sonrió con tristeza. Sí, siempre había sabido que no había nadie más importante en la vida de Alejandro que Hefestión. Comenzamos a caminar.

–    Supe lo que te sucedió. Por qué te convertiste en un proscrito. – Alcé una ceja, interrogante – Amabas a un eunuco.

La sorpresa en su voz me obligó a detenerme.

–    ¿Acaso creías que mis sentimientos por ti tenían que ver con tu condición? – Él asintió – No, Bagoas. Eran tus celos hacia mi general lo que me hacía desconfiar de ti, nada más.

Caminamos un rato en silencio, hasta que se detuvo de nuevo y me miró.

–    Una noche tuve un sueño. – Me dijo – Soñé con un eunuco que había vivido muchos años antes que yo. Esperaba a Alejandro, pero éste pasó la noche con Hefestión. Mi sueño era inquieto. El joven eunuco me dijo que se llamaba Dumuzid y me rogaba, me suplicaba que hablase contigo. “Busca a Rimush”, decía, “Busca a Rimush y dile que no pierda la esperanza, dile que lo amo”. – Mi espalda se tensó como el arco que Bagoas solía usar para cazar – También me dijo que estaba contigo cada segundo. Que no te abandonaba. Quería que lo supieses.

Lo miré sorprendido, aunque no enfadado. Enfurecerme con él no solucionaría nada.

–    ¿Por qué no me lo dijiste entonces?

–    No sabía lo que te había sucedido, Rimush. Aquel día me habías apartado de un empujón cuando intenté dar de beber a Alejandro  porque Hefestión había tenido el mismo gesto y pensé que el sueño estaba relacionado con aquello. De haber sabido lo que te había pasado, te lo habría dicho.

–    ¿Cómo lo supiste?

–    Cuando llegué a Alejandría corrían muchos rumores sobre ti. Rimush el proscrito. No fue difícil averiguar toda tu historia. – Depositó una mano en mi brazo – Él te ama aún muerto.

Alejandría desapareció de mi sueño, y me vi a mi mismo sentado en una callejuela de Roma fingiendo dormir. El olor era nauseabundo, pero tenía algo que hacer. Los vampiros también habían puesto precio a mi cabeza. Habían evolucionado mucho, ya casi parecían humanos, pero aún se escondían en las partes más hediondas de la ciudad. Me había hecho un corte en el brazo, intentando atraer a algún monstruo, pero temía que la herida cicatrizase demasiado pronto. Estaba agotado, como siempre me sucedía tras pasarme días dando caza a aquellos seres. Aquella noche, además, sentía como si me hubiesen drogado. Sabía que no debía haber tomado aquella copa de vino en casa del maldito patricio. Los síntomas eran los propios de un envenenamiento. Mis instintos, embotados, me advirtieron de la presencia de esos seres. No querían mi sangre, me querían a mí para entregarme al Consejo y negociar la paz. No podía moverme, estaba adormilado, sentía mis miembros pesados y, entonces, una voz susurró en mi oído: “¡despierta, Rimush, despierta!”. Era la voz de Dumuzid, que yo no había olvidado. Me vi a mi mismo matando a aquellos vampiros y a uno de ellos sollozar antes de llamarme Gabriel.

Otra vez cambió el sueño y , en esa ocasión,  me vi caminando por el desierto del Gobi, muerto de sed, agotado y huyendo de mis perseguidores. A mi lado caminaba Dumuzid, alentándome a seguir.

El sueño me llevó de nuevo a Uruk, a aquel patio, justo cuando Dumuzid se hizo el corte en la mano y luego hizo otro en la mía para que nuestras sangres se mezclasen.

–    Mi sangre es tu sangre y mi alma estará unida a la tuya por siempre.

Me desperté sobresaltado. Mi nariz todavía estaba inundada del olor a jazmín y mis ojos tardaron un rato en acostumbrarse a la oscuridad. Sentí un ligero dolor en el pecho, como si algo me estuviese quemando y llevé allí la mano derecha. Al hacerlo, un líquido caliente y viscoso impregnó mi piel. Sorprendido, estiré el brazo para encender la luz y me miré. Mi mano sangraba. El corte que Dumuzid había hecho en ella tres mil años atrás se había abierto y sangraba profusamente. Ahogué un gemido de sorpresa. Aunque tenía una cicatriz notable, nunca se había abierto hasta ahora.

–    No ha sido un sueño, Rimush – Me susurró la voz de mi amado – Estoy cerca de ti.

Sentí su cálido aliento en mi oído y me estremecí, anhelando tenerlo a mi lado. Sonreí y cerré los ojos.

–    Te amo. – Murmuré.

Mi cuerpo temblaba, el corazón había abandonado el pecho y ahora latía con fuerza en mi garganta, el estómago se había contraído emocionado, la sangre corría por mis venas como si el deshielo hubiese provocado una riada. Me dolía la muñeca derecha en el lugar donde latía el pulso. El anhelo se había vuelto insoportable.  Aparté la ropa de cama y me di una ducha. La herida cicatrizó de nuevo en un par de minutos. Mientras me lavaba, vi una marca en mi pecho. No era grande, justo del tamaño del colgante. Sentí que mi esperanza renacía. Me sentía aturdido por el sueño, pero comprendí lo que Dumuzid quería decirme: que siempre había estado conmigo y que no me abandonaría. Por eso no podía abandonarlo ahora. Por mucho que ansiase la muerte, debía posponer mi cita con la dama hasta que mi destino se hubiese cumplido. Dumuzid me recordó por qué me había convertido  en inmortal. Había sido por él y no podía abandonarlo porque hubiese perdido la esperanza.

Me vestí. No podría dormir más aquella noche. Me sentía igual que cuando iba a emprender una batalla: nervioso, excitado y con ganas de pasar a la acción. Bajé al hall del hotel, apenas había un par de personas allí. Salí al exterior y pedí mi coche, un todoterreno negro que había alquilado en cuanto bajé del avión.  Me alejé de allí y me dirigí directamente a Uruk. Los arqueólogos no lo habían descubierto todo, todavía tenían mucho que hacer para  conocer mi ciudad. Sabían (de forma muy acertada y precisa) de la importancia que había tenido en su momento. Pero nunca llegarían a conocerla igual que la conocía yo.

Dejé el coche lejos, me deslicé entre las ruinas despacio, entré en el templo de An, el dios del cielo. Busqué la puerta trasera, que todavía no habían descubierto, me deslicé por un par de calles casi enterradas y fui a parar al mismo lugar donde me convertí en un proscrito. Los restos de la fuente estaban allí. Me arrodillé ante ella y toqué la fría piedra. Mi mente evocó los momentos que había pasado con mi amado.  Dumuzid entendía que no podíamos quedarnos a solas en un cuarto, porque me lanzaría sobre él sin dudar. No le había explicado mis motivos, pero él intuía que tenía algo que ver con mi formación como inmortal. Así que, ya que Belpolasar me lo había ofrecido, pasábamos casi toda la noche juntos en aquel  patio. Charlábamos sobre muchas cosas, sobre nuestros sueños, sobre cómo sería nuestra vida si no se hubiese visto truncada en la infancia o sobre nosotros. Una noche, mientras permanecía con la cabeza sobre sus rodillas, él comenzó a acariciarme el cabello mientras mirábamos las estrellas.  Ambos sabíamos que pronto tendríamos que separarnos y no queríamos pensar en ello. Resultaba demasiado doloroso.

–    ¿Me amas, Rimush? – Me preguntó con dulzura.

Sonreí. Siempre me preguntaba lo mismo. Era la forma de iniciar una conversación íntima.

–    Más que a mi vida.

Guardó silencio unos minutos, satisfecho con la sinceridad de mi respuesta. Continuó acariciándome el cabello, mientras una deliciosa sensación de paz recorría mi cuerpo.

–    ¿Qué sucederá cuando te conviertas en inmortal?

–    Vendré a buscarte. Te compraré y podremos estar juntos.

Me dio un pequeño tirón de cabello y me quejé.

–    Eso no pasará, Rimush. Él no lo permitirá.

–    Entonces te secuestraré y nos iremos de aquí. Cualquier lugar será perfecto si tú estás en él.

Vi su sonrisa y sentí su tristeza. Él conocía bien a su amo y sabía cuál sería su reacción.

Me vi a mí mismo días después, abandonando la casa con la promesa de volver.  Aferré la piedra con fuerza y sentí una descarga eléctrica. Mi visión cambió. Ya no era yo. Era Dumuzid viéndome partir. Estaba  unos pasos detrás de su amo. La visión se detuvo y negué con la cabeza.

–    Muéstramelo, amor mío. ¡Quiero saberlo! – Grité.

–    No… Rimush…

Era un susurro a mi espalda.  No me volví. Sabía que no vería nada, pero podía sentirlo.

–    ¡Hazlo! – Grité de nuevo – ¡Por favor!

–    Rimush…

Pero no me lo negó.  Sentí una suave mano en mi hombro y su aliento en mi nuca. Pero mantuve los ojos cerrados.

–    Te amo, Rimush.

No fui capaz de contestar. De nuevo  me vi en aquella casa, pero como un espectador. Dumuzid entró detrás de su amo  manteniendo los ojos fijos en el suelo, como era la costumbre. En su fuero interno pensaba en lo maravilloso que era el hombre que se había marchado, que siempre quería ver sus ojos, que no consentía que se postrase ni que bajase la mirada en su presencia. Se sentía halagado por mi amor y estaba profundamente enamorado. Se dirigió al pequeño cuarto que compartía con Gudia y se quitó el colgante que había comprado en el bazar días antes.  Lo había llevado a un adivino, que le había dicho que aquel rubí lo mantendría unido al amado para siempre. Se lo dio al jefe de los eunucos, al que quería como a un padre.

–    Dáselo a Rimush cuando vuelva a por mí. No estaré vivo cuando regrese.

–    ¿Qué dices, muchacho? – Exclamó el eunuco – ¿Por qué no vas a estar vivo?

–    Porque si el amo vuelve a enviarme a uno de sus socios, me suicidaré.

Gudia sacudió la cabeza, pero aceptó el colgante. Lo guardó en un cofre cerca de la cama. Horas más tarde, Dumuzid fue llamado para atender a los invitados de Belpolasar. Debía bailar para ellos y deleitarlos. El eunuco había esperado recibir unos azotes por haber puesto sus ojos en mí, pero no esperaba encontrarse con los hombres a los que su amo lo había entregado una y otra vez los últimos años, ni la evidente lascivia con la que lo miraban. Habitualmente se guardaban bien de mostrarla para no ofender a Belpolasar. Una cosa era que utilizasen su cuerpo cuando él no lo veía, otra muy distinta que mostrasen abiertamente lo que pensaban o sentían. Bailó para ellos, recordando la noche en la que había bailado para mí. Y luego, sin previo aviso, Belpolasar tiró de él, lo arrojó boca abajo en el suelo y sin más lo penetró. Lo hizo con violencia. Pude sentir el dolor de mi amado y grité al mismo tiempo que él.  Los otros hombres reían. Belpolasar era brutal, Dumuzid gritaba aterrado, dolorido, humillado, profanado. Nadie podía hacer nada por él, sólo era un esclavo. Gritó mi nombre en medio del dolor, pero eso enfureció a su amo, que acometió embestidas más fuertes. Dumuzid lloró, suplicó que se detuviese y lo hizo. Ya se había saciado. Mi amado suspiró aliviado, pero su alivio duró muy poco. Otros siete hombres lo violaron del mismo modo. Cuando llegó el tercero ya no tenía fuerzas para gritar, pedir clemencia o llorar. Su espíritu había abandonado su cuerpo y ahora era sólo un recipiente vacío al que profanan en vano.  No fue consciente de que Gudia lo llevaba en brazos, ni de que lo depositaba en la cama boca abajo, ni de que lo lavaba. Se limitó a cerrar los ojos y  su mente y su corazón habían regresado al patio, a mí.  Ya no sentía dolor.

–    Llegó la hora.

Gudia no entendió lo que quiso decir, pero unas horas más tarde entró Belpolasar en el dormitorio y  tiró de su cabello para levantarle la cabeza.

–    Nunca serás suyo.

Y le cortó el cuello.

Grité de nuevo y lloré, apoyado en los restos de la fuente. Sentí una mano acariciarme el cabello.

–    ¿Por qué no viniste a mí antes, amor? – Le pregunté desolado.

–    Porque no podía.

–    ¿Dónde estás? ¿Dónde puedo encontrarte?

–    Amor mío… Ahora tengo un cuerpo inmortal. Te estoy buscando. No me abandones.

Dejé de sentir su presencia. Se había ido. Me senté, apoyé la espalda en la ruinosa fuente y lloré como un niño. Había imaginado el tormento de Dumuzid, pero imaginarlo era muy diferente a verlo y sentirlo.  Incluso la violencia de mi venganza se quedaba corta al lado de la que él había sufrido. Escondí la cara entre las  manos y di rienda suelta a las lágrimas. Había perdido la esperanza, pero él había encontrado el modo de comunicarse conmigo. Sólo por eso viviría. No importaba cuánto tardase en encontrarlo, lo haría aunque me llevase tres mil años más.

No sé cuánto tiempo estuve allí sentado, pero mis instintos me alertaron de la presencia de mortales muy cerca, así que me levanté y deshice el camino que había hecho para llegar hasta allí. Caminé sigiloso hasta mi coche y me dirigí al desierto. Estaba amaneciendo y Amuni había decidido poner fin a su vida ese día. Llegué antes que él y tuve que esperarlo tres cuartos de hora. No tenía intención de detenerlo, sólo quería despedirme de él y  darle mi apoyo. Sabía que me estaba arriesgando mucho. Que  mi cabeza no tuviese precio no significaba que no la deseasen.

Él llegó en un todoterreno negro que se alejó de nosotros en cuanto el inmortal pisó la arena del desierto. Me miró sonriendo y yo le devolví la sonrisa. Lo recordé sonriendo satisfecho una noche más de tres mil años atrás, cuando yo tenía tan solo cinco años.

–    Me habría gustado hacer esto como en los viejos tiempos: a caballo.

Se acercó a mí, con el cabello ondeando al viento. Él tampoco se lo había cortado. Era absurdo, todos sabíamos que volvería a crecer cuando menos lo esperásemos. Llevaba el antiguo uniforme, aunque tejido hacía poco. Yo también tenía uno por si algún día decidía acabar con mi vida. Si volvía a entrar en el desmantelado campamento, lo haría con dignidad.

–    Yo también lo echo de menos. – Le dije tendiéndole el termo con café que había conseguido al salir del hotel.

Él se acercó y tomó el termo. Sonrió con tristeza mientras se servía un poco del humeante café. Abrió los ojos sorprendido.

–    Delicioso, querido muchacho. – Miró a su alrededor – Agonizamos, Rimush. Éramos más de cien mil y ahora sólo quedamos unos cientos.

–    Lo sé. El Consejo nos ha dejado morir.

–    Vivir eternamente es una penitencia que nadie quiere cumplir. –  Se encogió de hombros con tristeza – ¿Acaso pueden reprochárnoslo? Nos obligaron a convertirnos, no nos dieron a elegir. Incluso tú, que  te empeñaste en ser convertido, lo habrías sido lo quisieras o no.

Le di un sorbo a mi café y suspiré. Tenía razón. Nunca se nos había preguntado si queríamos ser inmortales. Ellos pagaban a nuestras familias por nosotros y creían que sólo por eso,les perteneciamos . Permanecimos en silencio unos minutos, saboreando el café y por fin reuní el valor necesario para decir lo que me había llevado allí.

–    Lo siento, Amuni. – Le dije.

Él me miró sorprendido y luego sonrió comprendiendo. Negó con la cabeza.

–    No te disculpes. Hiciste lo que tenías que hacer.  – Me tendió la taza y luego me atrajo hacia él para abrazarme –  Márchate. No es bueno que te quedes aquí.

Correspondí a su abrazo y subí al coche. Sentía mi corazón más ligero ahora que sabía que él me había perdonado.

Amuni había sido un buen instructor,  casi nunca empleaba la violencia y solía ocultarle a Asarmelke que algunos chicos mantenían relaciones entre sí. Las únicas ocasiones en las que castigaba a alguien por esto era cuando empleaban la violencia, cuando algún muchacho era violado. Entonces era extremadamente cruel. Otros instructores empleaban la violencia por placer.

Me alejé de allí lamentando que nunca hubiésemos podido ser amigos. Yo lo había hecho imposible. Sin embargo habría repetido mis acciones sin dudar. Aunque,habiendo visto lo que le había sucedido a Dumuzid, habría sido aún más violento, me habría deleitado en la tortura. Regresé al hotel evitando   a los soldados con gran habilidad porque incluso en el desierto, conocía rutas que incluso ellos desconocían. Recogí mis cosas de la habitación y pagué la cuenta. Tenía prisa por regresar a casa porque el  corazón me decía que allí era el único lugar donde podría encontrar a Dumuzid. El envío de los cuadros que había ido a buscar se haría efectivo tres semanas después, así que yo ya había finalizado mi trabajo. Podía permitirme el regresar.

Durante el viaje, fui  incapaz de dormir . Temía soñar y revelar demasiado  a los mortales.  Al llegar a casa, me acerqué al busto de Hefestión y acaricié su cabello.

–    Ya casi lo he conseguido. Espero que tú lo hayas logrado también.

Inmortales I: Traición (VII)

Pasé los siguientes dos años entregándome en cuerpo y alma a mi entrenamiento, deseando fervientemente que me seleccionasen para tomar el ansiado brebaje. Nunca había querido la inmortalidad, sólo quería sobrevivir del mejor modo posible. La inmortalidad era lo mejor que podían darme y la habría aceptado porque  para eso me habían entrenado todos aquellos años. Era la meta final de un entrenamiento duro y difícil. Pero ahora la ansiaba como un sediento ansía el agua. Me guardaba bien de demostrarlo, claro, porque eso habría equivalido a no ser apto. Sin embargo, nunca hubo soldado más entregado que yo, ni hombre más servil. Mis instructores dedujeron que mi cambio se debía al tiempo pasado en Uruk y no se equivocaron, pero ellos no podían saber cuáles eran mis motivaciones.

Por fin llegó el ansiado día y, vestido con una túnica verde (la primera vez en diecisiete años que vestía un color que no era el negro), fui llevado ante Asarmelke, el inmortal más antiguo, junto con ciento ochenta aspirantes más. Y se inició la ceremonia que ningún mortal podría ver jamás, ni siquiera los soldados. Cuando yo era un aspirante, veía pasar a los hombres con sus túnicas verdes y daba por hecho que yo también la vestiría algún día, cuando mi amo Asarmelke lo considerase apropiado. Sin embargo hervía de impaciencia mientras permanecía postrado ante él, con la frente rozando el suelo, mostrando una sumisión que no sentía. El aceite con el que nos ungieron, la sangre de vampiro que derramaron sobre nosotros, las advertencias y admoniciones, las profecías de los magos, que aseguraron que yo sería el más fiel soldado, mientras en mi interior sabía que en un par de días me habría convertido en un proscrito por haber asesinado a un mortal, me llenaron de una satisfacción tal que aplacó mi ira  durante un efímero instante. Pero yo sabía que mis planes de venganza serían penados con la muerte … si aceptaba beber el brebaje que me mataría tras la adecuada dosis de tortura. Pero claro, para eso tendrían que capturarme y ya me había asegurado yo de prepararme bien para evitar ser apresado. Había hecho una promesa y la cumpliría, aunque tuviese que vagar por la tierra el resto de la eternidad.  Y por fin, cuando creía que ya no podría aguantar más la impaciencia, me entregaron una copa de oro, gran distinción por haber sido el mejor y más entregado soldado. Los demás hombres que me acompañaban bebieron la poción de la inmortalidad en copas de plata. Asarmelke había puesto grandes esperanzas en mí y mi instructor, Amuni, estaba convencido de que traería honor y gloria a nuestra raza inmortal. ¡Qué gran error!  Me consta que fui el primero que logró engañar a sus superiores y que, por mi culpa, se recrudecieron las pruebas para llegar a ser soldado de pleno derecho.

Sabía que, cuando encontrase a Dumuzid, vería al mismo hombre que lo había dejado en aquella maldita casa, en manos de aquel cerdo. Él me había perdonado. Sabía que no había nada que pudiese hacer y ambos contábamos con la eternidad para poder estar juntos.

Al salir, me dieron una dirección en Ur donde debía presentarme para recibir órdenes. Los demás inmortales debían ir a otras ciudades. Uno de ellos debía viajar hasta China, otro hasta la India… nos repartieron por diferentes puntos del planeta. Allí donde nuestros servicios serían pagados con grandes cantidades de oro, claro. Inicié mi camino rumbo al  sur, hacia el lugar que me habían indicado. Pero, cuando estuve seguro de que no me seguían, volví sobre mis pasos y viaje hacia el norte, hacia Uruk. Forcé mi caballo y a mí mismo y no tardé demasiado en llegar. Me presenté ante la puerta del comerciante con un aspecto desastroso: sudado, lleno de polvo del camino, la  cola de caballo desgreñada y el rostro pétreo que no dejaba lugar a dudas respecto a mis intenciones a pesar de la suciedad. Intentó fingir, por supuesto. Se mostró cordial, pero no pudo engañarme. Y, aunque hubiese sido inocente, lo habría castigado igual, tal era mi odio.  Encerré a los eunucos en el harén y les advertí que no saliesen o los mataría. Supongo que a ellos les daba igual lo que le sucediese a su amo. Si había matado a uno de ellos, bien podría matar a otro o a todos.  No puedo recordar aquel rostro sin que las náuseas me acometan. La rabia sube por mi estómago en violentos espasmos y siento ganas de vomitar. Él no me preguntó por qué sabía de la muerte de Dumuzid, tampoco se molestó en fingir que no sabía lo importante que era para mí. Le mostré la cicatriz de mi mano y le dije que se lo debía a mi amado. Él estaba muerto de miedo.

Belpolasar. Nunca podré olvidar su nombre.

Intentó hacerme ver que no era más que un esclavo, un simple eunuco que había comprado para su placer, sin darse cuenta de que me enfurecía el simple hecho de pensar que aquel cerdo gordo y grasiento hubiese mancillado bello cuerpo de mi amado.  Lo até a una silla. No tenía la paciencia necesaria para darle una oportunidad. Yo era más joven, más fuerte, más ágil y un asesino bien entrenado así que, con ventaja o no, habría acabado con él de todos modos. La sed de sangre me torturaba del mismo modo que me había torturado aquellos dos años el deseo de venganza. La espera sólo había aumentado la Sed. Le pregunté cómo lo había matado. No quería decírmelo, lloriqueaba y me recordaba que no podría matarlo sin sufrir las consecuencias. Que un simple prostituto castrado no merecía semejante castigo. Lo golpeé y busqué a los eunucos del harén. Les pregunté cómo lo había matado. Ellos me dijeron que  primero lo había violado, que había sido especialmente cruel y que había animado a sus amigos a participar en la tortura. Gudia, el eunuco  jefe, me dijo con gran pesar que él mismo lo había llevado en brazos al cuarto que compartían, que habían sido tan violentos que no dejaba de sangrar. Me contó que, entre lágrimas, Dumuzid le había dicho que yo iría a buscarlo y que por eso no sentía ni miedo ni dolor. Y las lágrimas amenazaron con brotar de mis ojos. El dolor era insoportable. Y peor era saber que la muerte no lo había llevado en aquel momento, sino que  Belpolasar se había introducido en las dependencias de los criados y le había cortado el cuello a mi amado ante Gudia. El comerciante estaba loco de celos porque nunca tendría lo que yo había tenido.

El jefe de los eunucos me dio un colgante de oro que Dumuzid le había pedido que me entregase cuando fuese a buscarlo si para entonces no estaba vivo. Gudia le había asegurado que estaría vivo y que yo podría comprarlo. Mi amado sabía mejor que nadie cuál sería su destino.

Miré el colgante y las lágrimas mojaron mis mejillas. Era un rubí engarzado en oro que había comprado en el bazar durante mi pasada estancia en Uruk. Me lo colgué al cuello y me sequé las lágrimas. Él me había dicho que el color del rubí le recordaba el de la sangre que habíamos mezclado aquella noche, uniéndonos para la eternidad.

Gudia me dio el nombre de los hombres que habían acompañado a Belpolasar aquella noche y  me pidió que no dañase a inocentes. Le prometí que nadie más que los culpables  saldría herido. No fue necesario encerrarlo en el harén, no se movió de allí. A él le daba igual pertenecer a un amo o a otro, pero le había dolido perder a Dumuzid tanto como le habría dolido perder a un hijo. Y el amor que sentía por mi lo había conmovido profundamente.

Volví al lugar donde estaba aquel hombre y lo miré a los ojos antes de torturarlo. Lo sodomicé violentamente con un bastón. Lloró como un niño, suplicó que me detuviese y yo le recordé el daño que le había hecho a mi amado. Gritaba como el cerdo que era y, cuando me cansé de sus gritos, le corté el cuello.  Procedí de forma similar en  las siete casas que Gudia me había indicado. Los sodomicé y les corté la garganta, recordándoles al hermoso eunuco cuyo cuerpo habían profanado. Ellos no podían creer que un inmortal, creado para protegerlos, estuviese a punto de terminar con sus vidas. Pero lo hice y por mi Dios que volvería a hacerlo.

Yo, Rimush, el soldado más destacado, el que prometía llevar honor y gloria a nuestra raza inmortal, me había convertido en un proscrito con el primer asesinato, pero con los otros siete había puesto precio a mi cabeza y sabía que debía esconderme ya o sería cuestión de horas que me encontrasen.

Acudí a Enmerkar. Necesitaba ropa y dinero y él  me proporcionó ambas cosas sin hacer preguntas. Quemó mi uniforme y me instó a marcharme. Quedarme sólo  lo pondría a él en peligro. Había leyes muy estrictas sobre asesinar a un mortal, pero la tortura era otro tema así que abandoné el palacete en medio de las sombras, vestido como un esclavo y, de ese modo,  pude esconderme en la parte más miserable  de la ciudad sin levantar sospechas. Seguramente de no haberle hecho la promesa a Dumuzid, me habría presentado yo mismo ante el Consejo y habría pedido el brebaje que me concedería la muerte. Lo había vengado, ¿qué más podía desear? Pero había prometido buscarlo y encontrarlo y lo haría. No me rendiría hasta que pudiésemos estar juntos, aunque tuviese que pasar la eternidad buscándolo.

Los siguientes años pasé muchas penurias. Tuve que huir muchas veces, porque no deseaba abandonar Mesopotamia. Necesitaba quedarme allí por si su alma se reencarnaba de nuevo. La recompensa por mi captura iba en aumento. Los inmortales estaban furiosos y yo lo entendía. Los había traicionado.
Me escondí en la corte de Hammurabi y le presté mis servicios. Ya nada me ataba a las reglas de los inmortales. Había asesinado a ocho hombres y no me importaba vender mi espada al mejor postor. Él me aceptó, reconoció en mí la exquisita educación que había recibido y no hizo preguntas. Ni siquiera cuando vio que los demás envejecían y yo no, o cuando desaparecía porque otros inmortales aparecían buscándome. Yo no estaba de acuerdo con sus leyes, ni con su gobierno, ni con la crueldad que mostraban sus soldados cuando tomaban alguna ciudad. Pero había encontrado un lugar donde refugiarme y debía callar.  Mientras tanto, buscaba a Dumuzid en cada recién nacido, en cada niño que hubiese nacido justo después de morir él.  Tras la muerte de mi protector, tuve que abandonar Mesopotamia. Samsu-iluna, su hijo y sucesor, no quería mi presencia en la corte. Así que me alejé de allí, esperando que, cuando regresase, mi amado hubiese renacido y tuviese la edad suficiente como para estar juntos.

Mi huída me llevó a diversos lugares. Acabé ofreciendo mi espada a los casitas, que en 1741 a.C. invadieron Babilonia al mando de Gandash, un hombre frío y duro como una roca, cuyo sentido de justicia no distaba demasiado del de Hammurabi. Es decir: ojo por ojo, diente por diente. Me mantuve siempre en las riberas del Tigris y el Éufrates, yendo de un lado a otro, buscando a mi amado. Pero no lo encontraba. Comenzaba a desesperarme ya, pero debía mantener mi promesa.

A Samsu-iluna lo sucedió Ammi-Ditana, que también luchó  con los casitas y de nuevo estaba yo con ellos, pero pronto deserté y recorrí Mesopotamia en una nueva búsqueda. Regresaba a Uruk cada seis meses  tratando de no desesperarme. En una de esas ocasiones, Amuni me encontró. Yo no quería pelear con él, había sido mi instructor durante diecisiete años y me sentía profundamente avergonzado por haberlo traicionado. Me miró con tristeza.

–    ¿Qué haces aquí? – Me preguntó.

Me coloqué en posición defensiva, pero él negó con la cabeza. No iba a luchar conmigo.

–    Rimush, ¿por qué vuelves siempre?

–    Busco a alguien. – Lo miré suplicante. No quería que me preguntase, porque no sabía cómo explicarlo.

Amuni negó con la cabeza.

–    Conozco la historia del eunuco. ¿Ha merecido la pena, Rimush?
–    Sí.

Él me miró de un modo extraño.

–    Te envidio. – Murmuró – Márchate y mantente lejos de Uruk. Ellos saben que tú vienes  a menudo y no creo que encuentres otro rey  que te proteja.

Lo miré sorprendido, pero no me detuve a pensar en el porqué de su actitud. Sólo quería seguir adelante, buscando a Dumuzid.  Me mantuve alejado durante varios siglos de Mesopotamia, hasta que descubrí que Asarmelke había decidido poner fin a su vida inmortal y que en el Consejo había un vacío de poder que me permitiría regresar a mi tierra durante un tiempo. Contaba ya con 1456 años cuando llegué y , justo ese año,  había ascendido Darío III Codomano al poder. Fue lo suficientemente inteligente como para eliminar al eunuco que lo había subido al trono y que había tenido la esperanza de manejarlo y acabar con él con la misma facilidad con la que había acabado con sus predecesores. Aquel eunuco había acumulado tanto poder en su dedo meñique que se había convertido en un peligro. Intentó envenenar a Darío, pero acabó muerto.

Darío no me gustaba. Era un mal rey y, sobre todo, un mal general. Los persas siempre han estado demasiado apegados al lujo y a unas costumbres que a mí se me antojan tan ridículas ahora como entonces. No todas, por supuesto, pero el protocolo en palacio era una locura. Perfectamente organizado y orquestado por silenciosos sirvientes y serviciales eunucos, pero una locura al fin y al cabo. Y para mí, que había crecido en una burbuja en medio del desierto y que había pasado más de mil años viajando de un lado a otro, durmiendo en el suelo desde los cinco años y vestido con ropas toscas, aquello se me antojaba un tanto desproporcionado.

De cuando en cuando me colaba en el palacio, allí donde estuviese Darío. Vigilaba sus pasos, porque intuía que nos llevaría al desastre. Nunca le ofrecí mi espada, porque no confiaba en aquel rey y quería mantenerme lejos de las intrigas palaciegas.  Poco tiempo después de entrar al poder, convirtió en su favorito al hijo de uno de sus antiguos amigos. Un joven eunuco de unos trece o catorce años, que había sido educado para servirlo y otro eunuco, un antiguo favorito al que había desechado porque tenía una cicatriz en la frente, lo instruyó en el arte del oficio más viejo del mundo. Darío estaba contento, eso era lo que importaba. Y el muchacho de repente estuvo en una situación peligrosa. Pero supo arreglárselas bien. Era muy inteligente y tenía la capacidad de adaptación que tienen todos los jóvenes. Y, por sobre todas las cosas, era leal. Una cualidad tan poco común entonces como ahora. Me pareció irónico que se llamase igual que el visir que lo había sentado en el trono: Bagoas. El destino en ocasiones traza los planes más absurdos.

No tuvo tiempo de acomodarse en el trono, porque los macedonios golpeaban con fuerza las puertas de su imperio. El joven Alejandro comenzaba a ponérselo difícil a Darío. Y yo ofrecí mi espada al macedonio. Sabía que Darío no sería el general adecuado para dirigir el ejército persa. La batalla estaba ganada de antemano y yo sólo quería garantizar mi permanencia en mi tierra.

No me equivoqué respecto a Darío. Abandonó a sus hombres en Issos, regalándole la victoria a Alejandro. En su huída dejó atrás a su propia familia. El macedonio los trató con más respeto del que habrían mostrado los persas en su misma situación. Ni siquiera consintió que sus hombres violasen a las mujeres. Aquello debió suponer un duro golpe para alguien con el orgullo de Darío. Pero aquella no fue la única vez que huyó. Tras ser derrotado en Gaugamela huyó de nuevo y se refugió en Ecbatana. Le regaló Babilonia y Susa a Alejandro. Yo también habría huido de Babilonia. Aquella ciudad no era segura para él. Sus habitantes lo habrían traicionado sin dudar, como también habrían traicionado a Alejandro de ser necesario. Yo detestaba Babilonia. Aquella gente no tenía el más mínimo sentido del decoro. La ciudad era grandiosa, con muro de 22 metros de alto y 9 de ancho. Dentro habrían cabido varios ejércitos y los habitantes de la ciudad. Recibieron a Alejandro como no habían recibido a Darío jamás. Pero yo conocía a sus gentes, conocía el lugar y me daba asco.

Recuerdo cómo se abrieron las puertas de bronce macizo para dejar pasar al gran Alejandro. Recuerdo su avance por la avenida real, adornada con estandartes, con los magos flanqueando la avenida y sosteniendo altares de fuego, trompeteros, sátrapas, comandantes y cantores de alabanzas. Y sobre todo, los pétalos de rosa. Yo miraba a uno y otro lado mientras avanzaba con el ejército, buscando indicios de la presencia de Dumuzid. Siempre lo hacía al llegar a algún lugar. Hefestión, el hombre de confianza de Alejandro, se había dado cuenta de esto y a mí me había sorprendido que tuviese ojos para algo más que para Alejandro. Todos sabíamos de la relación especial que unía a los dos hombres. Muchos se sentían molestos, pero a otros no les importaba. Su rey estaba bien con él, entonces ellos también. Pero yo sabía que quienes deseaban alcanzar más poder, envidiaban a Hefestión por su posición privilegiada. Siempre me preguntaba qué buscaba tan desesperadamente al llegar a un lugar y yo le contestaba con la verdad: el alma de la persona a la que amaba. Él nunca decía nada. Pero aquella noche, decepcionado por el interés que Alejandro había mostrado en un joven esclavo, se reunió conmigo en el patio. Yo estaba allí, manoseando el colgante y recordando los preciosos momentos pasados con Dumuzid.

–    Debes amarlo mucho para buscarlo en todas partes.

Me volví sobresaltado y al ver la sonrisa afable de Hefestión y la copa de vino que me ofrecía, le devolví la sonrisa y acepté el vino con sumo gusto. Él se sentó a mi lado, en el pequeño banco de madera recubierto de oro y miró las estrellas.

–    Supongo que tanto como tú a Alejandro.

Él sonrió con tristeza. Tenía unos hermosos ojos grises y el cabello largo hasta los hombros, aunque cortado de cualquier manera. Era alto e incluso los persas lo consideraban apuesto. Se pasó una mano por el cabello y asintió.

–    ¿Crees que encontrarás su alma?

–    Algún día, en algún lugar, en un recipiente diferente, pero sí.

Sonrió ante la idea.
–    ¿Y si no está en Persia? ¿Y si su alma renace en otro lugar?

–    Lo encontraré igualmente.

Asintió de nuevo. Estaba especialmente triste esa noche. Me palmeó el brazo suavemente y se levantó.

–    Suerte, Rimush.

Lo observé alejarse y reconozco haber sentido envidia de su amor. Yo habría deseado tener a Dumuzid a mi lado, aunque eso significase que él se divirtiese con otros hombres. Pensé en lo que me había dicho sobre la posibilidad de que mi amado naciese en otro lugar. Nunca lo había pensado, siempre había creído que las almas están ancladas al lugar donde nacieron por primera vez. Pero yo no sabía dónde había nacido realmente Dumuzid.

Permanecí al lado de Alejandro hasta el final porque lo admiraba. Sufrí por Hefestión cuando Alejandro se encaprichó de Bagoas (uno de los asesinos de Darío se lo entregó como ofrenda de paz, junto con los mejores caballos de sus cuadras) y vigilé de cerca al eunuco porque sabía que se había enamorado de Alejandro y temía que dañase de algún modo a Hefestión. Puede que el rey se hubiese encaprichado del eunuco, pero su corazón y confianza estaban a buen recaudo con Hefestión. Ambos sufrieron cuando se casó con Roxana y supongo que en ese momento Bagoas se dio cuenta de que su rival sólo quería para el rey aquello que lo hiciese feliz. Aunque eso significase no tenerlo por completo para sí.  Aprendí mucho de ellos dos y sentí el dolor de Alejandro como propio cuando Hefestión murió. No quiero detenerme en los detalles porque todo el mundo conoce esta parte de la historia y, si no la conoce, tiene Internet o las enciclopedias que permanecen intactas en sus casas para buscar  información.  Me mantuve fiel a mi rey (el primer hombre al que consideraba como tal) hasta que falleció y entonces decidí que era el momento de partir. Por supuesto, el hecho de que el Consejo por fin tuviese a un inmortal más antiguo que cualquiera de nosotros al frente, me animó a marcharme. De nuevo se había puesto precio a mi cabeza.

Vagué por el mundo durante siglos y, durante todo ese tiempo, busqué incansable a mi amado. Me preocupaba el hecho de que  pudiese nacer en un lugar demasiado lejano y que yo no pudiese encontrarlo. Regresaba de cuando en cuando a Persia y los cambios que veía me angustiaban enormemente.
Algún tiempo después oí hablar de una religión que estaba volviendo locos a los romanos y que se llamaba cristianismo. Ellos proclamaban que su dios era único y que todos los demás éramos herejes. Eran unos fanáticos que defendían una religión monoteísta que no agradaba a casi nadie y para la cual todo era pecado. Me sorprendió mucho que llegase a dominar el mundo.  Cada vez que regresaba, visitaba la tumba de Hefestión y le decía que algún día, en algún lugar, renacería y se encontraría con Alejandro. Aquello me hacía sonreír y me ayudaba a no perder la esperanza. También visitaba la tumba de Alejandro, mi rey. Y de corazón esperaba que se reencontrasen y se siguiesen amando del mismo modo en que se habían amado.

Mientras tanto, yo seguía empecinado en mi búsqueda. Y, mientras buscaba debía huir de los inmortales y de los vampiros que se habían empeñado en darme caza para utilizarme como moneda de cambio. Rimush el proscrito a cambio de un  período de paz. Así que, a pesar de haberme mantenido alejado de la caza durante siglos, me vi obligado a regresar a ella, exterminando a tantos vampiros, que acabaron por temerme.  Una ironía del destino quiso que uno de aquellos vampiros, que en algún momento de su vida había sido un devoto cristiano, me confundiese con el Ángel de la Muerte, tal vez por la costumbre que había adquirido en el campamento de vestir de negro, y me llamó Gabriel antes de morir. Desde entonces utilizo ese nombre. Corría el siglo II de nuestra era.

Rimush murió cuando murió todo lo que conocía. Supongo que en cierto modo murió cuando Alejandro y Hefestión murieron. Ellos me enseñaron que el egoísmo no existe  en el amor. Y, aunque habían pasado siglos desde su muerte, yo los seguía venerando del mismo modo.

Recorrí el mundo durante siglos, viví los mejores y los peores momentos de la historia. En ocasiones estaba en el mismo lugar cuando sucedía, pero en otras estaba muy lejos.  Durante todo aquel tiempo, me dediqué a aquello para lo que me habían entrenado. Pero yo no ganaba dinero con eso. Me había creado una vida a medida y, teniendo en cuenta mi edad, durante siglos no fui más que un tratante de arte.  En secreto, seguía adorando a Marduk, Ishtar y Baal, aunque nunca me habían enseñado a hacerlo.  Yo despreciaba a aquel Dios que habían creado los cristianos, que nada tenía que ver con lo que yo había conocido.  Los cristianos creen que antes de ellos no hubo nada, pero hubo otras religiones que ellos saquearon para crear la suya propia.

Sólo me relacionaba con mortales y, cuando por fin entramos en el siglo XX, el Consejo me dio por perdido y decidió que mi labor como cazador había sido lo suficientemente buena como para permitirme vivir. Una forma de justificar que no habían conseguido darme caza. Muchos de los Antiguos habían decidido acabar con sus vidas y los que habían tomado el poder pensaron que no merecía la pena seguir buscándome. Ya regresaría a ellos cuando quisiese  abandonar la eternidad. El campamento se había desmantelado poco después de la caída de Roma y no se habían creado más inmortales. Por aquel entonces éramos miles y estábamos esparcidos por todo el mundo. Por desgracia los vampiros nos superaban en número desde que el siglo XX había comenzado y ahora, en pleno siglo XXI, se habían organizado de tal modo que resultaba difícil masacrarlos. Podías matarlos de uno en uno, de dos en dos… pero rara vez encontrabas un nido. Ahora vivían en apartamentos lujosos, en residencias con una vigilancia extrema y se mezclaban con naturalidad con los mortales. Estos vampiros no necesitaban asesinar a nadie, se alimentaban de humanos que se ofrecían como alimento una noche, tras otra, tras otra, hasta que el vampiro se cansaba de su sabor o se hacían demasiado viejos como para que su sangre enferma los alimentase.  También había vampiros que vivían en los suburbios, en casas abandonadas o en pisos viejos y hediondos. Éstos asesinaban sin pensárselo dos veces. El alcohol y las drogas los hacían temerarios. La mayor parte de ellos eran jóvenes, demasiado jóvenes para haber sido abandonados por su sire. Eran fáciles de matar, no suponían ningún reto y los dejaba para otros cazadores. No tenía especial interés en exterminar vampiros. Lo había hecho cuando me había sentido obligado a ello. Una vez mi cabeza había dejado de tener precio, no vi necesidad de matar a aquellas criaturas. Habían evolucionado mucho desde que me habían reclutado para convertirme en cazador. Ahora controlaban la sed, no necesitaban cantidades ingentes de sangre y eran muy civilizados. Las ciudades ya no necesitaban nuestros servicios y habíamos caído en el olvido.  Lejos quedaban ya los tiempos en los que éramos necesarios. Ahora éramos inmortales, nuestro mundo ya no existía y debíamos adaptarnos a un mundo que no nos pertenecía. Por eso comprendía que cada vez más de aquellos hombres que habían sido entrenados exclusivamente para ser soldados, decidiesen terminar con sus vidas. Nadie debería vivir lo suficiente para ver destruido todo lo que conoce.

Yo solía regresar a Uruk, aunque ya sólo quedaban ruinas, y lloraba amargamente por todo lo que se había perdido.  Ahora no era más que un montón de ruinas a 225 kilómetros al sur suroeste de Bagdad y las lágrimas me ahogaban. Era cruel ver este mundo tan avanzado y, al mismo tiempo, tan cargado de miseria. Porque que en la época en la que yo nací la riqueza estaba mal repartida, la esclavitud era algo normal. Nacías esclavo y morías esclavo (excepto cuando te secuestraban y vendían). Pero en esta época en la que se supone que el ser humano ha evolucionado tanto, en el que hay más facilidades para repartir la riqueza, nada ha cambiado. Los esclavos siguen siendo esclavos aunque se crean libres, todavía se trafica con seres humanos, aunque ahora es ilegal; los ricos siguen siendo ricos y siguen muriendo de hambre los mismos. Allí donde yo nací, a orillas del río Éufrates, había tanta riqueza que podría alimentar a generaciones de sumerios y persas sin que nadie pasase hambre. Pero esa franja entre el Tigris y el Éufrates ha sido devastada por la guerra, la crueldad y la avaricia desde que yo recuerdo. Las cosas no han cambiado y, mientras luchan entre ellos, han encontrado un enemigo común: occidente. Eso sucedió también cuando Alejandro decidió hacerse con el control de Asia. Pero entonces el gran rey no quería imponernos su cultura, sino que adoptó la nuestra. Ahora occidente, que se cree que posee la verdad absoluta, que sus costumbres son las únicas y verdaderas, despreciando nuestras tradiciones milenarias  amparados en su ignorancia, intenta pisotearnos y en convertirnos en uno de sus apéndices. Cierto que yo no estoy de acuerdo con algunas de esas costumbres, pero no creo que occidente esté por encima de nadie. Uno de los reyes a los que serví, no recuerdo cuál, ya que para mí sólo hubo un rey, me dijo que antes de solucionar los problemas de los hogares de otros, debía solucionar los de su propio hogar, refiriéndose a las quejas que algún súbdito le había hecho. Creo que occidente debería solucionar sus propios problemas antes de lanzarse a “ayudar” a quien no ha pedido ayuda.

Me asenté en occidente porque el ver el mundo que yo conocía en ruinas hacía sangrar mi corazón. Y seguí buscando incansable a Dumuzid, aunque ya había perdido la esperanza de encontrarlo. Habían pasado más de tres mil años desde que habíamos hecho esa promesa y nunca tuve el más mínimo indicio de que se hubiese reencarnado. De hecho, en uno de mis viajes a mi tierra buscando obras de arte, me encontré con Amuni y éste se veía tan cansado como yo. Él superaba ya los cuatro mil años y se sentía tan muy decepcionado. Se había saltado las normas y se había casado con una mujer mortal. Ella lo había dejado porque no podía tener hijos y él no había tenido el valor de decirle qué era, porque en estos tiempos nadie cree en cosas como la reencarnación, la inmortalidad o los vampiros  a pesar de sentir una gran fascinación por lo que llaman “sobrenatural”. Aquel día charlamos sobre los viejos tiempos (es decir, sobre la época en la que nacimos), sobre el mundo moderno y las cosas que habíamos vivido. Ya no pesaba una sentencia de muerte sobre mí, así que pudimos tomar un café relajados, como dos amigos que hace mucho tiempo que no se ven. Y así fue, hacía tres mil años que  no nos veíamos. Yo no había olvidado que me había dejado marchar cuando podría haber recibido lo que quisiese del Consejo si me hubiese entregado. No hablamos de mi traición, sino del amor, la soledad y la eternidad. Él acudiría al desierto para tomar el brebaje que acabaría con su vida y yo le dije que cada vez deseaba más tomarlo. Le pregunté dónde estaba ahora el antiguo campamento y él me dijo que en el mismo lugar, porque el desierto seguía siendo desierto.  No intenté convencerlo de que no lo hiciese. Ambos estábamos cansados, habíamos visto demasiadas cosas y ya no éramos necesarios en este mundo. Y yo mismo deseaba ese final para mí. ¿Por qué no? Dumuzid no se había reencarnado después de tres mil ochocientos años, así que seguramente no se reencarnaría jamás. Tal vez me había aferrado a aquella creencia durante demasiado tiempo y comencé a dudar de la veracidad de la reencarnación.

Aquella noche dormí en un hotel de cinco estrellas en Bagdad. Nunca me  permitía esos lujos, mantenía las espartanas costumbres que me habían inculcado durante el largo entrenamiento: dormía en el suelo, vestía de negro y mantenía mis instintos y necesidades a raya. Había tenido relaciones sexuales, por supuesto. Había explorado mi sexualidad con hombres y con mujeres, pero nunca había intentado mantener una relación con nadie, ni siquiera me había dejado llevar por el libertinaje. Tenía mis necesidades y, cuando se convertían en algo apremiante las saciaba, pero nada más. De no haber sido un proscrito, Asarmelke se habría mostrado más que orgulloso y satisfecho conmigo. Muy pocos mantenían la disciplina del campamento cuando lo abandonaban. Dormían en camas con colchones de plumas, se cubrían de joyas y sedas, pero yo no. Seguía vistiendo de negro, llevaba el cabello siempre recogido en una cola de caballo, dormía en el suelo y llevaba una vida más bien espartana. Aunque nadie veía esa parte de mí. Cuando recibía a alguien en mi casa, sólo veía un apartamento de lujo, con obras de arte de incalculable valor (que en muchas ocasiones consideraban baratijas, como una figura de alabastro de Marduk que había colocado sobre la chimenea, o el busto de Hefestión hecho en bronce que estaba en una esquina del salón, junto al de Alejandro), sofás confortables, buena comida, alcohol en abundancia y camas muy cómodas. Pero en la parte de mi casa que permanecía cerrada, había un dormitorio sin cama, en el que los únicos adornos consistían en mis armas colgadas en la pared, un altar dedicado a Marduk, Ishtar y Baal y los retratos que yo había pintado de Dumuzid. Aquella era mi vida. Sin amigos porque mi vida era demasiado peligrosa para formar cualquier vínculo afectivo. Siendo un proscrito perseguido por mi propia gente y por los vampiros, no había tenido tiempo de dedicarme a hacer vida social. La mayor parte de los inmortales se habían adaptado perfectamente a la vida mortal. Formaban familias, adoptaban niños, tenían un trabajo normal y  vivían felices, mientras que yo perseguía un alma que seguramente no encontraría jamás.

Amuni me hizo ver lo estéril de mi existencia.

Y aquella noche,  mientras descansaba en un lecho blando, medio desnudo a causa del calor y con el corazón roto, decidí que pondría fin a mi vida y tal vez, de ese modo, nuestras almas inmortales realmente se encontrasen.

Gracias por un gran 2012

 

Aunque ha habido momentos en los que he renegado de Christian Black, de Secret Life y de todo lo relacionado con ello, lo cierto es que era una forma de afrontar mi propio miedo. El no saber si estaría a la altura de vuestras expectativas, si llegaría a emocionaros de nuevo, me llevó a un bloqueo del que me ha costado mucho salir. Pero, a pesar de ello, no cambio este año por nada. Os debo mucho a todos y seguramente nunca llegaréis a saber cuánto.

 

Cuando publiqué Secret Life 1, lo hice sin ninguna expectativa. Me costó ponerla en circulación, ya que alguien a quien se la regalé para que la subiese gratis en su blog me dijo que no servía ni para regalar, que era una mierda. Cuando te dicen eso, el golpe es tremendo. Fue en el año 2010. En 2011 llegaron las otras dos novelas e Inmortales y, al finalizar el 2011, Yuss (Noche Homoerótica) me escribió un correo que me sorprendió y emocionó por igual. Me pedía permiso para hacer una entrada hablando de mis novelas. Por supuesto, se lo di. Ya habían hecho algunas reseñas, pero nada me había preparado para el aluvión de ventas y alabanzas que me cayeron. De repente, me escribía gente que me había leído y que había disfrutado con lo escrito. Algunos lectores me emocionaron, otros me arrancaron sonrisas, a otros les daría collejas… pero todos, absolutamente todos, me llegaron al corazón. Desde los que me contaban su situación personal y me pedían las novelas para poder leerlas, hasta los caraduras que intentaban que se las regalase por el morro. El hecho de que alguien se tome la molestia de leerte, es el mejor regalo que te pueden hacer.

 

En este 2012 conocí a mis lectores, compartí con ellos sensaciones e impresiones. Viví momentos estupendos que permanecerán en mi memoria aunque no se repitan. Así que, por todo ello, muchas gracias.

 

También conocí a personas estupendas. Escritoras que compartían mis miedos y mis dudas, que me regalaron grandes momentos y muchas sonrisas. Gracias a vosotras también.

 

Un abrazo a todos vosotros. Espero que también compartamos el 2013 y que vuestro nuevo año sea mejor que el que se va.

 

Gracias por todo

 

 

Happy-New-Year-2013-04

Inmortales 1: Traición (VI)

Sucedió una noche, tras disfrutar de una copiosa cena en casa de un rico comerciante. Éste sentía debilidad por los eunucos, muchachos afeminados, entrenados para ser serviles y, en muchos casos, las putas de sus amos. Había conocido al hombre aquella misma mañana, tras salvarlo de morir a manos de unos rufianes. Él se había mostrado más que agradecido y había decidido agasajarme con su hospitalidad, así que me había dado un cuarto en su ostentosa casa. A mí me pareció perfecto, ya que el dinero que me habían dado al salir del campamento se terminaría antes del mes si seguía pagando por el alojamiento. A ambos nos resultaba de lo más beneficiosos el trato: yo tenía cama y comida y  él se sentía más seguro con un inmortal bajo su techo.  Claro que no le expliqué que aún no era inmortal y que  eran otros los que mantenían limpia la ciudad de aquellos engendros malignos. Pero eso él no tenía por qué saberlo,como tampoco sabía que si la ciudad dejaba de pagar por nuestros servicios, los demonios arrasarían Uruk y nosotros lo permitiríamos. Éramos soldados, pero soldados mercenarios. La compasión no era, ni mucho menos, una opción. Ser compasivos, dudar un par de segundos, era lo que separaba una victoria de una derrota. Debíamos ser fuertes, duros, decididos y fríos como el hielo.

Aquella noche, mi anfitrión decidió agasajarme con aquello que creía que más me complacería: ver bailar a sus favoritos. Los primeros eunucos que  nos deleitaron con sus movimientos me parecieron hermosos y buenos bailarines, aunque nunca había visto ninguno, pero eran demasiado jóvenes y no despertaron en mí el más mínimo interés. Sin embargo el comerciante se había reservado el plato fuerte para el final. Aquel eunuco de ojos negros, tez dorada y cabello negro, tan similar al mío, me robó el corazón con una sola mirada. Y supe instintivamente que había sido algo recíproco. Bailó para mí, contoneando las caderas, moviendo los brazos como sinuosas serpientes y dedicándome miradas que decían lo que nunca podrían pronunciar sus labios. Mi cuerpo reaccionó como lo habría hecho el de cualquiera. Mi pene pulsaba inquieto contra la áspera tela de mis calzones y mi corazón latía a un ritmo vertiginoso. Mi anfitrión lo adivinó y me dijo que era para mí. Sentí rabia, porque me estaba entregando a un ser humano como si fuese un objeto. Sin embargo el joven eunuco parecía más que complacido y yo sabía que probablemente mi físico era mejor que el de los otros hombres que habían usado su hermoso cuerpo. Él tenía 16 años y yo 20 pero, al contrario que él, yo me había convertido en un hombre. Años de duro entrenamiento habían desarrollado mis músculos, aunque no resultaban en absoluto excesivos como los de los guerreros, ya que no usábamos armas pesadas para entrenar, sólo espadas y nuestras manos. Cada músculo de mi cuerpo se marcaba perfectamente y, aunque todo eso estaba cubierto por la tela de mi uniforme, su mirada me decía que sabía bien qué se escondía tras aquella cantidad de tela.Era una mirada experta, calculadora.  Mi cabello, negro y liso como el suyo, me llegaba casi hasta la cintura y en aquel momento lo llevaba suelto, aunque habitualmente lo recogía en una cola de caballo. Mis ojos,  negros como el azabache resaltaban en la piel lampiña porque, al igual que los eunucos, yo no tenía pelo en el rostro. Me rasuraba porque resultaba más higiénico y porque me gustaba demasiado mi aspecto como para ocultarlo con la barba que lucían otros hombres. En el campamento nos permitían elegir esas pequeñas cosas, un diminuto gesto de libertad en medio de tanta represión.

–    ¿Cómo te llamas? – Le pregunté, hipnotizado por su belleza.

–    Dumuzid – Murmuró con los ojos clavados en el suelo y las manos entrelazadas.

–    Yo soy Rimush. – Le dije. Yo mismo podía sentir que mi voz era más ronca de lo habitual. Con delicadeza, lo obligué a mirarme y me perdí en aquellos lagos negros – Por favor, olvídate de las ceremonias conmigo. Soy demasiado torpe con…

Él malinterpretó mis palabras  y comenzó a desvestirme y, a pesar de la excitación que sentía y de lo mucho que lo deseaba, lo aparté.

–    No, Dumuzid, no quiero eso de ti. – Pareció ofendido y desconcertado, así que tomé su rostro entre las manos y lo miré a los ojos – Quiero lo que no ha tenido ningún hombre de ti. Te quiero a ti.

Ahora entendió mis palabras y sus ojos se abrieron mucho, sorprendidos. La sorpresa fue reemplazada por algo diferente que no supe identificar.  Una sonrisa iluminó su rostro. Yo era muy inocente en aquel entonces.

–    Paseemos, Rimush. – Murmuró.

Supongo que era consciente de lo mucho que me costaba controlarme y no lanzarlo sobre la cama y hacerlo mío en aquel momento. Aunque, en realidad, sí deseaba mucho más de aquel joven eunuco. Y me sentía desconcertado, porque nunca había sentido nada igual. Mi corazón latía como si hubiese pasado la tarde entrenando, sentía cómo la sangre corría furiosa por mis venas, en la boca del estómago me torturaban miles de mariposas, mi piel rozaba contra la tela de mi ropa, lanzando miles de sensaciones a mi cerebro, que las concentraba todas en mi dolorido miembro. Pero, sobre todo, sentía anhelo, aunque no sabía de qué. Él me tomó de la mano y me condujo hasta un pequeño patio interior con una fuente en la que se representaban a dos jóvenes amantes. Pero apenas reparé en eso, porque todos mis sentidos estaban puestos en el contacto de aquella suave y femenina mano. Mi corazón me decía que él se sentía igual que yo. Me indicó que me sentase a su lado, en el borde de la fuente. Lo hice y permanecimos en silencio, tomados de la mano, evitando mirarnos para no decir demasiado.

–    ¿Cuántos años tienes, Dumuzid?

Necesitaba escuchar su suave voz.

–    Dieciséis.

–    ¿Y cuánto hace que…?

–    Tres años.

Sentí la amargura en su voz. Lo comprendía. No había pasado por aquello, pero podía entenderlo. Nunca se desarrollaría como los demás hombres, ni sería un hombre completo físicamente, ni siquiera tendría la misma fuerza que otros varones. Sin embargo, parecía resignado a su suerte.

–    ¿Qué pasó? ¿Cómo acabaste aquí?

Él se encogió de hombros incómodo. No se le preguntaba eso a un esclavo. Los esclavos eran meras posesiones sin sentimientos. Objetos que adornaban tu casa o te daban más o menos placer, pero de los que se podía prescindir. Alguien como Dumuzid no sabía dónde acabaría sus días. Hoy estaba allí, mañana podría estar en la corte de Hammurabi (y era lo suficientemente bello para eso) o bien en cualquier prostíbulo. Así era su vida y el hecho de que yo, un extraño, un bárbaro, le preguntase eso, lo había incomodado y sorprendido.

–    Lo siento… – murmuré – No quería…

–    Me secuestraron cuando tenía doce años. – Me dijo sin mirarme a los ojos – Me castraron inmediatamente. Era guapo y sabían que podían sacar beneficio de mí. Me cuidaron bien y me vendieron por mucho oro.  Acabé aquí… podría haber sido peor.

Se encogió de nuevo de hombros, pero yo percibí su congoja y las lágrimas que amenazaban con salir. Le rodeé los hombros con un brazo, en un torpe intento de darle consuelo. Yo no sabía nada de confortar a nadie, porque las cosas en el campamento eran muy diferentes al resto del mundo. Sentí cómo se relajaba contra mí y sonreí.

–    ¿Y qué te habría gustado hacer si no te hubiese tocado esta vida?

Se apartó de mi sorprendido, pero no molesto. Nadie le había preguntado eso. Tal vez ni siquiera él lo había pensado.  Tomé su rostro entre mis manos y le sequé las lágrimas con los pulgares.

–    No lo sé. Mi padre era joyero, tal vez habría seguido con el negocio, me habría casado y habría tenido hijos…

–    Que perpetuarían el negocio familiar. – Terminé por él.

Asintió apesadumbrado y yo sentí ira por la vida que le habían arrebatado. Lo habían castrado y convertido en una puta que regalaban sin miramientos y me dolía. Mi corazón sangraba por él. Y Dumuzid leía mi mente como nadie podría hacerlo. Tomó mis muñecas y las sostuvo mientras me miraba a los ojos. Yo todavía sujetaba su rostro entre mis manos. Y lo habría besado, pero no podía hacerlo. Podría perderlo todo si lo hacía y aún si abandonaba el campamento, ¿qué futuro podría ofrecerle? Yo sabía luchar, pero el Consejo se encargaría de convertirme en un inútil. Probablemente me castrarían y me cortarían la lengua. O algo peor. Si querían podían ser muy imaginativos. Al fin y al cabo, no todos los aspirantes que desaparecían llegaban a abandonar el campamento.

Sentí sus manos en mi rostro y lo miré con tristeza.

–    No puedes hacer nada por nosotros ahora. – Me dijo en un suave susurro – Pero sí podrás hacerlo en el futuro. – Me quitó la daga que llevaba en el cinturón con gran habilidad y cortó su mano, luego tomó la mía y la cortó también. Devolvió la daga a su lugar y unió nuestras manos – Mi sangre es tu sangre y mi alma estará unida a la tuya por siempre.

Apreté su mano, sintiendo el líquido caliente y viscoso mezclándose en nuestras palmas. Dumuzid me entendía, conocía mis sentimientos y mi alma como probablemente no la entendería nadie más. Y yo conocía sus sentimientos como conocía los míos. Si nos hubiesen dado tiempo, habríamos desarrollado ese amor que estaba surgiendo con gran intensidad. Ninguno de los dos era dueño de su futuro, de su vida. No sabíamos qué sucedería al día siguiente, ni al otro. Pero sí sabíamos que debíamos apurar cada segundo del tiempo que pudiésemos pasar juntos, porque probablemente no nos volviésemos a ver. Yo habría deseado tomarlo y saborearlo, fundir mi cuerpo con el suyo, porque nuestras almas y nuestros corazones ya eran uno, pero no podía hacerlo y él lo comprendía. Supongo que también lo agradecía, tras aquellos años en los que otros habían lo habían utilizado a su antojo.
Pasé allí el resto de mi permiso, adulando al comerciante y amando a Dumuzid en silencio. Pero no necesitábamos palabras, nos bastaban las miradas. Mi anfitrión no decía nada, aunque debía saber perfectamente qué sucedía. Al fin y al cabo, aquella criatura tan hermosa era su favorito, a pesar de su esposa y concubinas. Pero me lo había ofrecido y no podía retirar su oferta sin ofenderme.

Mi amado no había nacido para ser esclavo, el servilismo no formaba parte de su carácter, pero había aceptado su destino del mismo modo en que yo había aceptado el mío, hasta que nuestros caminos se cruzaron. Entonces no podíamos aceptar que la voluntad de otros nos apartase. Yo no le había hablado del campamento o de lo que nos habían enseñado, pero si le hablé de mis padres, de Enmerkar, del precio que pagaron por mí y del castigo que recibiría si  me desviaba de las normas establecidas. Y él escuchaba sintiendo la misma frustración que yo. Sin embargo, nos prometimos que algún día estaríamos juntos. No sabíamos cómo, pero él me hizo prometer que si moría, buscaría su alma inmortal aunque me llevase la eternidad encontrarla. Se lo prometí, esperando que pronto me considerasen apto para entrar a formar parte del mundo inmortal y, de ese modo, poder ir a buscarlo. Supongo que él conocía de antemano su destino, porque se deslizó en mi habitación mientras recogía mis cosas para irme y me besó.

–    Recuerda que mi alma está unida a la tuya y no llores si no estoy cuando regreses.

Lo único que pude hacer fue abrazarlo para aliviar el dolor de mi corazón. No quería separarme de él, pero tampoco quería ponerlo en peligro por mi egoísmo.

Aquella noche, en medio del desierto, soñé con él y me rogaba que consiguiese la vida eterna para así poder buscarlo y estar juntos de nuevo. Desperté llorando. Sabía que había muerto, no necesitaba ver su cuerpo inerte para saberlo. Y no tenía ninguna duda: su amo lo había matado. Aquella noche prometí a las estrellas que brillaban en el firmamento, que aquel hombre moriría del mismo modo en que hubiese matado a mi amor. Y sólo ese deseo de venganza me mantuvo vivo, cuerdo y lo suficientemente firme como para finalizar mi instrucción.

Inmortales 1 : Traición (V)

Cuando llegó mi turno, decidí regresar a Uruk para buscar a mis padres. Quería perdonarlos, ya que no había conseguido hacerlo en quince años. Me sentí desconcertado cuando, tras buscar durante dos días la casa paterna, descubrí que ellos ya no vivían en ella. Afortunadamente mi querido Enmerkar sí. Sus nuevos amos me permitieron pasar unos minutos a solas con él. Quizá el uniforme negro que vestía fue quien los decidió a mostrarse especialmente amables conmigo. A efectos formales, nosotros no existíamos, pero todos sabían qué éramos y cuál era nuestra labor. Pero, a pesar de que nos necesitaban, nos temían tanto como a las criaturas de la noche.

Enmerkar seguía tan hermoso como yo lo recordaba. A pesar de haber pasado quince años y de haber olvidado completamente los rostros de mi familia, el de Enmerkar permanecía intacto en mi memoria. Se asustó al ver mi uniforme y tuve que explicarle quién era. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus brazos se abrieron para mí. Tras dudar unos segundos me refugié en ellos. Era el primer contacto físico que tenía con otra persona desde que había abandonado  aquella casa. Resulta curioso que el último abrazo que había recibido en mi corta existencia hubiese provenido precisamente de él. El abrazo de Enmerkar me trasladó a la infancia y, al mismo tiempo, me recordó todo lo que me había arrebatado mi padre. El afecto y los abrazos eran, probablemente, lo que más había añorado. En el campamento el contacto físico estaba prohibido. Ser encontrado dedicándote al acto más primitivo que existe o al onanismo equivalía a la expulsión y deshonra.  A aquellos que eran expulsados se les cortaba la lengua para que no pudiesen hablar de lo que habían visto ni compartir los conocimientos adquiridos. Los que cometían actos más graves, como violar a un niño o a otro soldado eran torturados y castrados. Cuando por fin me aparté de Enmerkar, su olor a cítricos me siguió durante unos segundos y me propuse guardar aquel olor en mi memoria aún después de haberme convertido en inmortal. Le pregunté por mi familia, aunque no por verdadero interés, sino porque supuse que era mi deber como hijo y, además, había ido a Uruk para, de algún modo, perdonarlos. Me explicó que cuando Hammurabi había entrado en la ciudad había arrebatado los bienes a los más ricos y, en su lugar, había puesto a aquellos leales a él. También me informó del lugar donde podía encontrar a mis progenitores, ya que mis hermanas habían muerto tras ser violadas por los soldados del rey babilonio. Mi madre no había sufrido la misma suerte que ellas porque había huido de la casa junto con las concubinas de mi padre antes de que llegasen los soldados. Sentí tristeza por el final de mi familia, aunque tan sólo durante unos segundos. No puedes sufrir por quien no te ha tratado bien.

Tras un par de horas de conversación me habló de los servicios que había prestado por orden de mi padre y me aseguró que su vida había mejorado mucho: a su nuevo amo sólo le gustaban las mujeres y no lo había utilizado jamás como presente para sus socios pero, para mantener su estatus en la casa, debía poner orden en el harén y servir a una mujer muy exigente pero, en su opinión, merecía la pena.  También se mostró muy preocupado por mi situación y, aunque le aterraba la idea de que me convirtiese en inmortal y viviese el resto de la eternidad luchando contra las criaturas de la noche, reconoció que habría sido mucho peor haber acabado siendo un eunuco o un esclavo porque entonces mi vida nunca me pertenecería. Evité decirle que mi vida no me pertenecía ya, que pertenecía al Consejo y que, en cierto modo, ya estaba en la misma situación que él.

Me despedí de Enmerkar y busqué a mis padres. Tuve que atravesar la parte próspera de la ciudad y fui a parar al lugar más hediondo de la misma. Allí  putas,  borrachos y  delincuentes se habían adueñado de cada rincón. Me dije que resultaba irónico que mi padre me hubiese vendido porque temía que le robase su dinero o lo asesinase, como le habían dicho los adivinos, y que hubiese recibido una considerable cantidad de dinero por vender a su primogénito varón y que, al final, su destino fuese aquel.  No tardé mucho en encontrarlos. La gente se apartaba de mi camino asustados al ver mi uniforme. El miedo era más que obvio en sus rostros mientras me veían pasar en mi caballo negro, una bestia inquieta y de muy mal genio. Cuando encontré a mi padre, estaba sentado en el suelo, en medio de un cúmulo de inmundicia y parecía dormir. Tenía el aspecto que tienen todos los borrachos que han vivido tiempos mejores y se niegan a reconocer que  se han terminado. Lo habían apodado  “el Príncipe” y de haber tenido algo que llevarse a la boca aquellos a los que increpaba con sus aires de grandeza, seguro que le habrían tirado comida podrida mientras se burlaban de él. Mi madre,  estaba cerca de él y, aunque siempre había sido una mujer entrada en carnes, ahora era un saco de huesos y la piel le colgaba fláccida de la papada y los brazos, los pechos le caían pesadamente sobre su vientre y su cabello se había vuelto completamente blanco. Era obvio lo que sufría en su profesión, así como era más obvio que mi padre tampoco se privaba de golpearla. Los hematomas que vi en su rostro y brazos, hablaban claramente de la violencia que sufría cada día. Ella, que  siempre había vivido entre almohadones y sedas, ahora era una puta barata que no tenía nada que llevarse a la boca. No puedo decir que sintiese lástima por ella porque, de hecho, no sentí nada en absoluto. No me acerqué a ellos, pero sé que ella me vio y me reconoció. Y también sé que se avergonzaba del estado en el que estaba. El respeto que me habían inculcado en el campamento me obligaba a retirarme para no avergonzarla más aún mostrándole mi situación que, desde su posición, sin duda debía parecer muy privilegiada. Así que di media vuelta y regresé a la parte más próspera de Uruk. Busqué alojamiento para aquella noche, sin saber muy bien qué hacer el resto del mes. Pensé en regresar al campamento, pero era la primera vez en quince años que salía de allí y, como todo ser humano, tenía necesidades. Sin embargo sabía que debía mantenerlas a raya o acabaría en el mismo agujero que mis padres. Yo tenía los mismos deseos y necesidades que cualquier hombre y hacía mucho tiempo que mi mente conjuraba imágenes eróticas que habían surgido tras escuchar los furtivos sonidos en los jergones de la tienda en la que vivía con tres hombres más. También había recibido proposiciones, pero las había rechazado. Al fin y al cabo, era preferible mantenerse célibe a  ser castrado, o convertirse en un tullido que nadie querría para trabajar. Sabía que los cien hombres que habían abandonado el campamento conmigo, tenían en mente sólo una cosa: saltarse las rígidas normas que nos habían impuesto en el campamento. Se suponía que seríamos completamente libres durante un mes para decidir si queríamos volver o no. Sin embargo, yo no confiaba en ello. Aquello era demasiado fácil. Nos habían mantenido durante quince años, nos habían educado y entrenado, ¿e iban a dejarnos marchar sin más? Éramos muy ingenuos, habíamos crecido en una burbuja alejada del mundo y eso nos convertía en crédulos e inocentes. Pero yo había visto suficientes intrigas entre mis compañeros (hábilmente sofocadas con un látigo) como confiar ahora en los métodos de mis superiores. Agradecía la libertad que me habían dado, pero desconfiaba de ella. Por eso pensé que satisfacer mis deseos por periodo de un mes y acabar muriéndome de hambre o algo peor, no merecía la pena. Llevaba años conteniéndome, podría hacerlo algunos años más. Si llegaban a considerarme digno de convertirme en aquello para lo que llevaban años preparándome, sin duda tendría toda la eternidad para satisfacer mis más bajos instintos. Pero, de momento, debía ser fuerte.

Desde luego, no esperaba enamorarme.

Inmortales 1: Traición (IV)

 

Entré con los demás y, ante mí, apareció un enorme campamento donde todo era oscuro. Las tiendas, la ropa e incluso los caballos eran negros. En realidad, el  único toque de color lo ponían la luna o el sol. Miles de antorchas iluminaban el camino que llevaba al final del campamento, que era la zona donde vivían los niños pequeños. Uno de los pequeños cayó al suelo y yo lo ayudé a levantarse porque temía que lo golpeasen con el látigo como hacía mi padre conmigo cuando me mostraba especialmente torpe.  El niño se aferró a mi mano con fuerza y se metió el pulgar en la boca. Se llamaba Neshi y tenía tres años. Murió una semana después de nuestra llegada, incapaz de soportar los rigores del desierto.

 

El campamento se dividía en secciones que correspondían a la edad de niños, adolescentes y jóvenes adultos. Cuando llegamos a nuestro lugar nos quedamos allí quietos, mirando amedrentados lo que sucedía a nuestro alrededor. Pasaron varios minutos y nos distribuyeron en las tiendas de campaña. Cuatro niños por cada tienda, donde el niño de más edad tenía cinco años. Sobre nuestras camas teníamos la ropa que deberíamos llevar desde aquel preciso momento. un uniforme negro que cubría cada parte de nuestros pequeños cuerpos. Los instructores me obligaron a ayudar a los más pequeños a despojarse de su ropa mundana y ponerse aquellas prendas espartanas, a pesar de que yo mismo necesitaba ayuda. Cuando me puse el uniforme, sentí como lo rechazaba mi tierna piel, acostumbrada a las más ricas sedas. Miré con anhelo mis prendas de color verde bordadas con hilo de oro y perlas de la India y recordé la ropa que Enmerkar me ponía para dormir con nostalgia.  Creo que lloré, aunque no lo recuerdo. Sí recuerdo, sin embargo, que deseaba regresar a mi hogar con tal intensidad, que me dolía el corazón.

 

No nos alimentaron aquella noche, pero creo que ninguno de nosotros habría sido capaz de comer en aquella situación. Aunque, a pesar de todo, me dormí enseguida. Estaba agotado.

 

Aquel campamento en medio del desierto estaba protegido con magia y era el lugar donde se preparaban y seleccionaban a aquellos mortales que serían bendecidos con la vida inmortal. Nos adiestraban en distintas disciplinas, pero la principal era la lucha. Seríamos convertidos en los mejores guerreros del mundo, pero nuestras armas no serían puestas a disposición de los mortales que las necesitasen, sino que deberíamos utilizarlas para asesinar vampiros. El adiestramiento era tan duro que era difícil superarlo y sobrevivir a él.

 

Sé, queridos lectores, que todos conocéis el mito de los cazadores de vampiros, pero nosotros diferimos mucho de esas historias románticas que se leen en novelas de más o menos calidad o en series protagonizadas por actores de dudoso talento. Nuestra realidad es muy diferente a la que os han enseñado hasta ahora.

 

Antes de continuar, creo que debo explicar para qué nos entrenaban, qué tipo de criaturas eran responsables de la creación de semejante ejército. Todos conocéis a los vampiros, pero son muy pocos los que se han aproximado a la realidad de estas criaturas. Los vampiros de aquel entonces eran monstruos a los que dominaba la sed de sangre y, aunque ahora se rigen por leyes y normas, entonces podían masacrar una ciudad del tamaño de Babilonia en unas pocas horas. Éramos nosotros, los cazadores, los que debíamos poner freno a estas bestias sedientas de sangre.

 

El entrenamiento comenzó al día siguiente de llegar. La primera lección consistía en aprender los rudimentos de la lucha y, a esta, le seguían otras igual de duras. Desde nuestra llegada nos pusieron una espada en la mano y nos dijeron que el frío metal era una extensión de nuestro brazo y que debíamos acostumbrarnos a convivir con ella. A esta espada le siguieron todo tipo de armas, algunas traídas de los confines del mundo, otras creadas por nuestros instructores. Las técnicas de lucha eran tan variadas como nuestras armas, pero todas se basaban en lo mismo: sigilo, rapidez, agilidad y eficacia. Un error era algo impensable y, de hecho, esa palabra ni siquiera formaba parte de de nuestro vocabulario.

 

Una de las principales responsabilidades de nuestros instructores era extirparnos los sentimientos. Un soldado que cargaba con semejante lacra era débil y esa debilidad le impedía ser letal que, al final, era nuestra meta.

 

A lo largo de los años vi llegar a muchos más niños, ya que cada cinco años se reclutaban nuevos soldados. Fue poco después de cumplir los quince que descubrí que los hombres que traían a las nuevas generaciones de asesinos eran mortales que tenían deudas de sangre con nuestros instructores y que incluso sus descendientes y los descendientes de sus descendientes pasarían sus vidas pagándola. Una de las formas de pagar era, precisamente, reclutando niños. Y era por eso por lo que el campamento estaba lleno de niños y adultos  de diferentes nacionalidades y edades. Eso nos obligaba a aprender todos los idiomas, todas las leyendas y aquello que fuese necesario para recorrer el mundo con soltura, al fin y al cabo nos convertiríamos en mercenarios.

 

Cuando llegábamos a la edad de veinte años, se nos permitía ir durante un mes a la ciudad que deseásemos y, para ello, nos proporcionaban una generosa cantidad de dinero y un caballo. Nosotros no teníamos ni idea de que era una forma más de probar qué tipo de hombres éramos y qué tipo de inmortales seríamos. Lo sé, era una forma muy retorcida de comprobarlo, pero se trataba de preservar el secreto de la inmortalidad y, para ello, debíamos ser un ejemplo de rectitud y decoro.